Llevamos algunos días esperando el 15 de marzo. Nos vamos a Zaragoza, con colegas, sin la familia, esperamos que los maestros se "porten". Soñamos con la aventura que supone el viaje, la autonomía de decidir por nosotros mismos, ... Amanece lloviendo. El autobús tarda más que nuestra paciencia. Las compañeras y compañeros de Belver han ocupado la parte trasera del autobús, nos acomodamos a continuación. El estado de las carreteras, el lluvioso día, la prudencia aconsejan tomar la ruta más larga y emprendemos el viaje vía Monzón, Huesca.

Con el tiempo justo, llegamos al Teatro de la Estación, aún podemos comernos de pie el bocadillo, entrar al baño después de un viaje de 2 horas y antes de entrar en la sala. Llega otro grupo de estudiantes de Zaragoza. El anfiteatro casi queda completado. Nos presentan la obra, la compañía, el teatro y nos piden colaboración para que todo resulte bien. Se apaga la luz y comienza la representación. Nos sorprende. Sólo tres actores y ¡tantos personajes!, ¡tantos textos!, ¡tantos autores!.
Los clásicos del Siglo de Oro Español, ya no parecen incomprensibles, mezclados con la actualidad, entre bromas y veras, pasa una hora que se hace ¡tan corta! Los actores se plantifican ante nosotros y podemos preguntarles, acercarnos a la parte trasera del teatro, a aquello que no se ve desde el patio de butacas: ensayos, dificultades, logros, caminos para hacerse actor, … Nos han caído bien estos cómicos que también hacen papeles dramáticos. Les despedimos con un fuerte y sincero aplauso y la promesa de que nos volveremos a acercar al mundo del teatro, hoy nos ha gustado y nos ha despertado el gusanillo, el cine está muy bien, pero, la cercanía y
el directo tridimensional del teatro, tienen un no se qué, que te mueve algo en el interior. Sí, nos vamos emocionados.
Apenas unos pasos a través de la lluvia y estamos en uno de los centros neurálgicos de Aragón, no sólo en la actualidad, sede de las Cortes, sino a lo largo de la historia (restos más antiguos del siglo IX). Visitamos las distintas dependencias del castillo de la Aljafería. Ahora sabemos que se le llamó el palacio de la alegría. Paseo a través de los siglos, empapándonos de artes distintos, de bellezas de distintas culturas, de episodios que fueron construyendo nuestra tierra y forjando a nuestras gentes. Nos sentimos orgullosos de pisar este patrimonio de la humanidad, este ejemplo de recuperación arquitectónica y este escenario inigualable. Ya podemos decir: “Yo estuve allí”.

Recorremos la cortina de agua que nos separa de los porches del edificio de enfrente y allí, a cubierto de la lluvia que no de nuestra ansiedad, hacemos por acortar el tiempo que nos separa del autobús que nos lleva hasta “Gran Casa”. Buscamos un sitio donde comer nuestros bocadillos. Breve momento porque tenemos asuntos mucho más importantes.
Sigue lloviendo y aún así tenemos el tiempo de cara porque los “profes” confían en nosotros y, tras repartirnos planos e instrucciones para realizar el trabajo acordado, nos dejan desparramar por los pasillos, escaparates y establecimientos, con límites, pero a nuestro aire, por grupos prefijados, con alianzas que establecemos a nuestro antojo, entrando, saliendo, subiendo, bajando, preguntando, mirando con ojos como platos para uno y otro lado, sin vigilancia adulta cerca,... vamos embolsando algunas ilusiones y dejamos otras para una vuelta que ansiamos que se produzca pronto. Llegamos puntuales a la cita. Cargados de sonrisas de satisfacción y miradas de orgullo. Conquistamos un poco más de autonomía y dejamos una buena huella, al menos en nuestro interior.
Fuera, sigue lloviendo y, dentro, calados hasta los huesos de nuevas experiencias, de las que, en privado reconocemos, te ayudan a crecer. Con nuestros nuevos tesoros, desandamos el camino hasta casa, dispuestos a contar nuestras vivencias o, al menos, parte ellas. Llueve. Ya no importa.
Aquí tienes más imágenes de nuestro viaje:

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